Pasa el tiempo. Transcurren otoño, invierno, primavera,… Y, cuando llega el verano, volvemos a toparnos con la terrorífica estampa, teñida de gris y negro –trágicamente, a veces, de luto-, que dejan tras de sí los incendios.
Año tras año se repite la misma historia: arden los campos y los bosques de nuestros montes, los gobernantes se comprometen a hacer lo posible para que hechos de tal dimensión no vuelvan a producirse, los ciudadanos nos lamentamos, los tertulianos echan humo por la boca, las páginas de los periódicos arden al calor de las llamas (llenas de análisis, gráficos, etc. que nos informan sobre el fuego desbocado que arrasa nuestro preciado patrimonio natural).
Y ahí queda la cosa. Todo esa irritación, indignación, pena, exasperación; todos esos sentimientos, todas esas palabras, se evaporan en no mucho más de lo que, arriesgando sus vidas, los magníficos profesionales de los distintos grupos de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado (bomberos, ejército,…) tardan en lograr controlar y apagar el fuego.
Si todos hablamos, pero nadie actúa, el año que viene, por estas mismas fechas, estaremos, de nuevo, lamentándonos por no haber hecho lo suficiente por evitar que pasara otra vez.
Está claro que es imposible detener a todos los desalmados a los que se les ocurra coger un bidón de gasolina, regar el bosque, prenderle fuego, y destruir Dios sabe cuantos cientos o miles de hectáreas, pero también es cierto que se podrían hacer muchas cosas más de las que se hacen para evitar los incendios no provocados o para reducir el número y la gravedad de los provocados: labores constantes de vigilancia y de mantenimiento y cuidado de los montes, endurecimiento de las penas para los delincuentes medioambientales, campañas informativas de concienciación, etc.
Y es que, aunque pueda sonar a tópico, los incendios se evitan en otoño, en invierno, en primavera. Cuando llega el verano sólo queda conformarse con apagar los fuegos prendidos y contemplar como toda la vegetación que engalana nuestros montes queda reducida a un triste montón de ceniza.