Es indudable: Zapatero tiene habilidades especiales. De la noche a la mañana es capaz de eliminar de su vocabulario las palabras que, por razones de estrategia política, piensa, no le conviene utilizar. Ni por error salen de su boca esas palabras que pone en cuarentena en su diccionario mental. Esto no sorprende ya, porque no es la primera vez que lo hace. Recordarán que tardó bastante en articular la palabra “crisis”. Hubo un momento en que era tal el cabreo o el despiporre -según los casos- a propósito de los eufemismos que utilizaba que, como el que encumbra el Everest, dijo la palabra “crisis” y España se detuvo contemplando como de sus labios brotaban esas dos sílabas: cri-sis.
Ahora que el más pacifista de los pacifistas entre los Presidentes pacifistas se nos ha convertido en todo un guerrillero, la palabra que ha borrado de su memoria y sus discursos es “guerra”. Uno admite la complejidad de la tarea ya que, no hace mucho, el –entonces- aspirante a Presidente coreaba, una y otra vez, aquello de “¡No a la guerra!”, y, de tanto repetir, inevitablemente, algo habría quedado anclado en la memoria. Pues si quedó, como si no quedara. A olvidar: borrón y cuenta nueva. Y que a nadie se le ocurra hablar de contradicciones entre lo defendido por Zapatero cuando era jefe de la oposición y lo ordenado –ahora- como jefe del gobierno. Sus argumentarios ya están en circulación. Según ellos: Lo de antes eran guerras ilegales, ahora estamos apoyando una intervención para liberar al pueblo libio; antes se ejecutó una salvaje guerra, ahora son acciones para la extensión del amor universal; hemos pasado de acompañar al malvado y ridículo Bush Jr. a hacer lo propio con Obama, Nóbel de la Paz y tipo simpático donde los haya. Las palabras se eliminan, las imágenes se ocultan y los hechos se aderezan. Todo muy orwelliano. Al final puede que hasta consigan convencer a alguien.