Los mayores los miran y, a veces, se reconocen en ellos al hurgar en sus recuerdos. Los de la generación de los ´80 los percibimos aún como elementos familiares. Nuestros hermanos pequeños los contemplan como figuras que le son ajenas. Y los más jóvenes los señalan casi como si de reliquias o antiguallas se tratara.
Son esos templos de la información y el entretenimiento, en los que se mezclan los aromas del papel con el dulzor de la fragancia de las chuches; ventanillas, con guía, a un mundo de tebeos, pipas, periódicos, caramelos, revistas y cromos. Y son, también, esos túneles imaginarios que conducían papeles llenos de trazos, escritos a mano, a los más recónditos rincones de la geografía, gracias al buen hacer de esos portadores de sueños que han sido siempre los carteros. Y, también, son los habitáculos que conectaban, milagrosamente, a gentes que se hallaban distantes en el espacio, permitiéndoles oír de cerca la voz de sus amigos, familiares, parejas,… de la gente a la que querían y no tenían cerca.
Son los quioscos, los buzones de Correos y las cabinas telefónicas. Elementos que siguen ahí, adornando el paisaje urbano, cumpliendo –todavía- una función. A algunos se les ve flamantes, limpitos y bien parecidos. Otros, sin embargo, visten un aire decrépito, de cristales rotos, chapas abolladas y toldos raídos. Nos advierten de que todo cambia, de que nada es eterno.