Ni colillas en los ceniceros

El cerco a los fumadores va camino de consumarse. Ya se ha forzado el aumento de los precios hasta alcanzar cifras inasumibles por cajetilla. Y, en breve y definitivamente, se prohibirá fumar en espacios públicos, salvo en la calle y en habitáculos -específicamente destinados a ello- de salas de juego y casinos.

Como la cosa no está para tirar cohetes, hay gente que, ante la imposibilidad de permitirse lo que se ha convertido ya en un costoso lujo, trata de dejarlo, aunque no sin dificultades, por la ansiedad acumulada más la extra por la desaparición de la dosis habitual de nicotina.

Ante la necesidad de abandonar el vicio sí o sí, bien motivados por la imposibilidad, e incomodidad derivada de ello, de no poder fumar en espacios públicos, bien por esas estrecheces económicas, sumadas al incremento de los precios; se está produciendo ya un crecimiento de la cantidad de remedios a los que se recurre para dejar de fumar: potingues y terapias milagrosas que quitan el deseo “para los restos”, parches y chicles que ofrecen un chute de nicotina que aplaca a ese “mono trepador” que tan molesto –dicen- resulta, cigarros electrónicos, chucherías y caramelos, manuales de autoayuda… Todo va a ser poco para frenar el ansia de nicotina de los fumadores que, por prescripción gubernamental, se van a ver forzados a reducir o abandonar el consumo de cigarrillos. A este paso, va a haber que retirar del mobiliario urbano y doméstico hasta los ceniceros.

 

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