Conciencia del drama humano

Hace unos días, una compañera de trabajo me relataba la conversación, entre dos niñas, a la que había asistido como testigo. Las dos pequeñas, según me contó, jugaban tranquilamente y, en un momento dado, una de ellas le decía a la otra: “Ayer mi mamá estaba llorando”. “¿Y por qué?”, preguntaba su amiguita. “Pues, porque somos pobres”, respondía con toda naturalidad. “¿Y por qué?”, repreguntaba con ese afán de saber y tono propios de la infancia. “Porque no tenemos dinero para comprar comida y mi tita nos ha tenido que prestar”.

Conforme mi compañera me lo contaba, se me hacía, literalmente, un nudo en la garganta. No conozco, apenas, a la pequeña y a su familia, pero, al saber de su situación, no pude evitar que se me humedecieran los ojos. Desde entonces, me he cruzado con esa niña, con su hermana, con su madre, y, cada vez que las veía, el relato de la conversación entre las dos pequeñas me venía a la mente, y, con ese recuerdo, el mismo sentimiento de compasión y lástima ante semejante situación.

Llevamos mucho tiempo hablando de la crisis. Al inicio, se negó, incluso, su propia existencia. Posteriormente, sus efectos se empezaron a constatar, pero había a quien le parecía que todo aquello era sólo un asunto que afectaba, principalmente, a los inversores en Bolsa, los Bancos, las grandes constructoras; un montón de cifras y datos que se antojaban ajenos. Y, cuando la situación se ha prolongado, es cuando se ha empezado a percibir la verdadera dimensión de la misma, al revelarse ante nuestros ojos lo verdaderamente trágico: los dramas personales y familiares de la gente que lo están pasando mal. Aún y así, sinceramente, creo que hasta que no somos afectados o testigos directos de las dificultades de algún familiar, amigo, o, incluso –como es el caso que he referido- un simple conocido, no nos damos cuenta de la magnitud del problema.

El miércoles escuchaba que el Presidente de Gobierno había anunciado la supresión de la ayuda de 426 € a los parados de larga duración. Cuando lo oí no pensé en siglas, ni en discursos, ni en ideologías; pensé en que, muy probablemente, la familia de esa niña, que explicaba a su amiga porqué su mamá lloraba, estaría capeando “el temporal” con esa ayuda como único sustento económico. Y, al tiempo que pensaba en ello, me preguntaba si quienes apoyen la medida en el Congreso podrán seguir durmiendo plácidamente después de aprobar una reforma que va a acabar de asfixiar a los que más faltos de oxígeno están. Me preguntaba si los sres. diputados se pondrán en la piel de los ciudadanos que los eligieron antes de tomar una decisión que va a condicionar tantos proyectos de vida. Me preguntaba de qué hablan algunos políticos cuando presumen de la ejemplaridad de nuestro Estado del Bienestar y de qué sirve ese proclamado Estado del Bienestar si, cuando la gente lo está pasando mal, se mira hacia otro lado y se señala a agentes externos y entidades supranacionales para excusar la negación del auxilio al que lo pide y necesita.

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