Archivo de Septiembre 2008

Dichoso consenso

Septiembre 24, 2008

“Dichoso”, escribo. Y no adjetivo al tuntún. Pues es éste el término que mejor expresa, creo, lo que el consenso significa. ¿Cómo se ha de interpretar? Como se quiera. El lector elige. Yo propongo alternativas, atendiendo al DRAE. 1ª (más aséptica y literal): Feliz, venturoso. 2ª (trufada de ironía): Desventurado, malhadado. 3ª (coloquial -¿acaso las anteriores no lo son también?-): Que causa enfado, molesto. Y 4ª (la que, en mi opinión, se acerca más a la realidad completa, y no parcial, del consenso): Todas las anteriores, la entera complejidad polisémica de la palabra. ¿Contradictorio? Cierto, sus significados (los del adjetivo “dichoso”) lo son. También en este caso, cuando es antepuesto al sustantivo “consenso”. Contradictorios, sí, pero también ciertos todos ellos, en el ámbito de las palabras y las ideas y en el de los hechos y las realidades.

El consenso no es en sí mismo algo bueno o malo. El alcanzarlo puede ser, en ocasiones, algo muy positivo y beneficioso para una sociedad o para la democracia, pero, en otras, puede llegar a ser extremadamente lesivo, e incluso letal.

En los últimos 30 años, el consenso ha sido una herramienta esencial en la resolución de algunos de los muchos y graves problemas que han aquejado a nuestro país, un instrumento fundamental durante el proceso de transición a la democracia y en la construcción de nuestra propia Democracia a partir del mencionado proceso y del Texto Constitucional consensuado por los partidos y refrendado por los ciudadanos.

Pero, si bien es cierto esto, no lo es menos que, con el consenso como coartada, se han perpetrado -desde entonces y hasta ahora- no pocos abusos; del mismo modo que es cierto que, como resultado de algunas de las cesiones que se realizaron para lograr el máximo consenso posible en tan delicadas circunstancias (con el objeto de allanar el camino a la ansiada democracia), hoy padecemos las ¿imprevistas? consecuencias de según qué cesiones a según qué pretensiones de ciertos partidos políticos.

Cesiones, éstas, que se materializaron, por ejemplo, en los privilegios fiscales que se concedieron a ciertas regiones, o en la pretendida e interesada mala interpretación y desarrollo del Estado de la Autonomías. Asuntos ambos que, para aún mayor escarnio, atentan directamente contra algunos de los valores supremos del ordenamiento jurídico que se propugnan en la Constitución Española. Tal es el caso de la igualdad.

Esa política de cesiones, ese dañino consenso, ha desembocado, también, en la irresponsable transferencia de una importante parte de las competencias del Estado a las Comunidades Autónomas en el ámbito, por ejemplo, de la educación, lo que ha contribuido, en algunos casos, sí, a acercar la administración a los ciudadanos y a eliminar burocracia; pero que en otros casos, en los que los nacionalistas son lo que gestionan esas competencias, no han favorecido a otra cosa más que a promover la desigualdad y la aversión hacia aquellos que no forman parte de la tribu, esto es, a impartir la intolerante doctrina nacionalista, a sumergir al que se deje en el fondo de ese mar de prejuicios y a excluir al rebelde.

Son, estos, ejemplos de los perniciosos influjos del consenso sobre nuestra Democracia. Empero también he apuntado algunos de sus efectos benéficos, decisivos para la consecución de proyectos políticos de enorme envergadura como el de la Transición. Y es que es ésa la realidad del consenso. Una realidad ambivalente. Una realidad que nos muestra que éste, en contra de lo que publicitan algunos de nuestros políticos, no siempre nos conduce por el buen camino, aunque tampoco por el malo.