Dylan y la fidelidad al ser

By bitacoraelobservador

Jóvenes de ayer y de hoy. La generación del vinilo y la del emepetrés. Hijos, padres y hasta abuelos y nietos. Rorros aún en carrito que rechazaban el potito nocturno porque su hambre se resistía a ser saciada por algo distinto a una ración de buena música. Personas en silla de ruedas y con muletas, que sortearon obstáculos, si los hubo, para disfrutar del espectáculo. Borrachos sin alcohol ebrios de buena música, y alguno que otro achispado por algo más que un sorbo, trago o “trinque” de buena música (¿acaso embriagado por la emoción del acontecimiento?). Fumadores de tabaco y otras “hierbas”. Jerarcas, poderosos de la Región, y parte de esa Extremadura que no se resigna, que ejerce dignamente su derecho al pataleo, y que esperaba a las puertas del coso emeritense para recoger firmas contra la Refinería. En fin: un auténtico gazpacho generacional, una ensalada de estilos estéticos antitéticos, una multitudinaria convivencia de gente con concepciones de la vida moderada o radicalmente diferentes que compartían un gusto común por la música de Bob Dylan.

Dylan, su poesía, su música, sus canciones. Ése era el lazo que abrazaba, si no a la totalidad de los allí congregados, sí a una amplísima mayoría del heterogéneo conjunto.

Pasaban unos minutos –pocos- de las nueve de la noche cuando, caminando sobre el albero, apareció aquel al que todos esperábamos. Vestía un traje negro rematado por una hilera de diminutas lentejuelas que perfilaban su leve silueta, coronada por un sombrero blanco. Subió al escenario. Se colocó frente al órgano y de perfil al público. Y comenzó a tocar y a cantar, a dar su concierto, a ofrecerse a su público. Encadenó canción tras canción sin apenas detenerse para hacer pausas entre ellas. Alternó temas de sus últimos álbumes con alguno de sus clásicos remozados. No tocó muchos de sus temas más populares, quizá por hartazgo, quizá por lo inasequible de la labor de selección de unos pocos temas de entre tantos tan apreciados y exitosos. Hizo como que se iba, pero ni siquiera bajó del escenario, y, tras la ovación del público, regresó a su lugar, frente al órgano y de perfil al público, para regalarnos unas pocas canciones más, concluyendo cuando ya se contaban casi dos horas de concierto. Se aproximó al borde del escenario y el graderío estalló al grito de “¡Torero, torero!”. Meció sus brazos, en lo que se percibió como gesto de gratitud. Fue nombrando, uno a uno, a los integrantes de su banda, para que no marcharan sin el aplauso que el público les dispensó y que, sin duda, merecían. Bajó las escaleras, e igual que llegó, caminando sobre el albero, se fue.

Lo que en la plaza aparentó ser un sentimiento compartido de satisfacción; a la salida de ésta parecía no concitar la unanimidad que en el interior, y unos instantes antes, se había proyectado. No mucho tiempo después, las ediciones digitales de los diarios regionales recogían crónicas, vídeos y diversas informaciones acerca del evento, y los lectores, aprovechando las oportunidades que Internet da para ello, opinaban, confirmando las divergencias que, recién concluido el concierto, ya se habían manifestado.

Las opiniones volcadas en la web translucían dos estados de ánimo contrapuestos: decepción y satisfacción. “Los satisfechos” gozaban aún con el recuerdo de lo presenciado, y así lo plasmaban en sus comentarios. Y “los decepcionados” justificaban su desencanto aludiendo a aquello que más había contribuido a quebrar su ilusión, y, en ese sentido, se referían, fundamentalmente, a la quietud y frialdad de Dylan sobre el escenario, a sus pocas alusiones al público y a la omisión o reinvención de algunos de sus clásicos.

Las sensaciones, las emociones, son individuales, propias de un sujeto e intransferibles. Nadie debería erigirse en juez de ellas, porque son y han de ser de quien las siente o padece. Aún menos comprensible sería que se intentara, escondiéndose bajo el disfraz del “sentir colectivo”, manipularlas o sustituirlas por otras impuestas.

Si bien es cierto esto, no lo es menos que cuando a partir de esas sensaciones o emociones se construyen argumentos críticos o elogiosos, estos sí pueden ser ya objeto de análisis y/o discusión. Éste es el caso.

Hablaba antes de “los decepcionados” y de algunos de los detalles y las generalidades del concierto que criticaban abiertamente, y es ahí, en parte de esa crítica, en la que, en mi opinión, erraban, quizá por haberse creado unas expectativas falsas acerca de lo que allí se iba a ver y escuchar. Criticaban, fundamentalmente, la frialdad y quietud de Dylan sobre el escenario, y parte del repertorio o cómo se había interpretado. Críticas que, desde mi punto de vista, son, como mínimo, injustas. Injustas porque no se puede pretender calidez y cercanía del que no se expresa habitualmente de ese modo. Injustas porque el artista ha de actuar desde su verdad, desde lo que siente, desde lo que es, siendo auténtico. Injustas porque no se puede exigir al artista que se rinda a las modas, porque el artista que crece al calor de las modas desaparece tan pronto como esa efímera llama se apaga. Injustas porque no podemos exigir a un artista que nos mienta y se mienta, que se niegue a sí mismo, para complacernos. Injustas porque al despojar al artista de su individualidad, de su ser, se le arrebataría lo más preciado que tiene y se le destruiría, y no sólo como artista.

En su concierto de Mérida, Dylan fue fiel a su ser: antepuso el hombre al artista y, así, nos mostró al artista en todo su esplendor; fue austero en el gesto y poco hablador, generoso en el tiempo, frío y distante -si se quiere- o tímido y respetuoso –si se prefiere… Se podría decir que Dylan fue muchas cosas, pero, en realidad, se limitó a ser sólo una: Dylan fue Dylan.

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