Etarras reagrupados

Marzo 19, 2009 by bitacoraelobservador

Hace apenas unos días nos desayunábamos con la noticia de que a la pareja sentimental y criminal integrada por los etarras “Txapote” y “Amaia” se le había concedido la reagrupación. En base a esa resolución, ambos etarras podrán cumplir sus condenas en la misma cárcel, teniendo derecho a verse al menos dos veces al mes.

Al parecer, y en vista de cómo ha sido resuelto el asunto, la ley favorece este reagrupamiento (que ya se ha producido). Lo que no puede por menos que provocarnos desazón y repulsión, y hacernos reflexionar acerca del excesivo garantismo de nuestras leyes, sobre todo, al ver cómo satisfacen los deseos de unos sujetos que segaron, sin ningún tipo de miramientos, la vida de varias personas.

Estos asesinos disfrutan, sin embargo, de aquello que arrebataron a sus víctimas: la vida y la posibilidad de vivirla. Ya es bastante más de lo que merecen.

Miguel Ángel Blanco, Fernando Múgica, Gregorio Ordóñez y José Luis López de la Calle no pueden vivir esas vidas, sus vidas, porque los sanguinarios etarras les hurtaron esa posibilidad. Miguel Ángel, Fernando, Gregorio y José Luis no pueden estar junto a sus familias y amigos, no pueden acompañar y guiar a sus hijos, no pueden envejecer junto a sus parejas, no pueden tocar la batería, hacer política o escribir en los periódicos. No lo pueden hacer porque esta siniestra pareja de tortolitos, a la que nuestro Estado de Derecho permite estar acompañados el uno del otro, así lo decidieron. Ciertamente, son terribles estas paradojas de las que, abochornados e impotentes, hemos de ser testigos.

Publicidad en tiempos de crisis

Noviembre 27, 2008 by bitacoraelobservador

Si los gastos en publicidad gubernamental son cuestionables en épocas de bonanza económica, más lo son aún en tiempos de crisis.

En circunstancias diferentes a las actuales podría discutirse acerca de la efectividad de esa publicidad, o de si realmente se utiliza con el fin de alcanzar los objetivos que se dicen perseguir. Pero, en épocas de dificultades económicas, en las que muchísimas familias han de hacer auténticos milagros para llegar a fin de mes, esas discusiones podrían relegarse a un segundo plano, o incluso obviarse, para reducirlo todo a algo mucho más sencillo: una cuestión de prioridades.

Ciñéndose a un análisis de prioridades, algo así como un examen de conciencia al que deberían presentarse algunos de nuestros gobernantes, los dirigentes podrían cerciorarse de si están invirtiendo parte del erario público en lo que debieran o simplemente derrochando el dinero de todos. Todo es que se animen a hacerlo y nos sorprendan, algún día, demostrándonos la sinceridad de sus promesas de austeridad en el gasto público y su limpieza de ánimo. Sería de agradecer.

Transparente opacidad

Noviembre 14, 2008 by bitacoraelobservador

Sólo tal oxímoron permitiría al Gobierno aludir a la transparencia, sin faltar a la verdad, al referirse a su intervención en socorro del sistema financiero español. Pero no es éste el caso, pues hablan de transparencia, a secas, cuando, si cultivasen la sinceridad, esa virtud que habría de adornar a todos los gobernantes, deberían de reconocer la opacidad que, a ojos de todo el que quiera ver, envuelve esta actuación, y arrojar un poco de luz sobre ella. No lo hacen, lo que mina, aún más si cabe, su deteriorada credibilidad; credibilidad más que maltrecha, consecuencia de la negación sistemática, por parte del Gobierno y durante meses, no ya de la crisis, sino de la posibilidad siquiera de que ésta pudiera avecinarse. Es por esto que los ciudadanos desconfiamos: por la negación de lo evidente, por el interés en ocultar datos que a todos nos incumben. Y no es cosa baladí, pues esto no puede por menos que agravar una crisis de enormes dimensiones en la que confluyen, en el caso español, la crisis financiera mundial, la crisis de la llamada economía real y esta crisis a la que me refiero, la crisis de confianza, a cuyo desarrollo contribuyen, sin duda, este tipo de comportamientos ocultistas del Gobierno. Luz y taquígrafos, ésa es una de las soluciones a la última, y no menos importante, de estas crisis. Luz y taquígrafos, y si es ayer, mejor que hoy. Luz y taquígrafos, porque el caudal de cientos de miles de millones de euros de nuestro dinero, del dinero de todos los españoles, que se ha inyectado a bancos y cajas, no es para menos. Luz y taquígrafos, o lo que es lo mismo: transparencia; pero transparencia de verdad, y no esta transparente opacidad que todo lo nubla.

Frivolidad gubernamental

Octubre 19, 2008 by bitacoraelobservador

“Derecho a una muerte digna”. “Interrupción voluntaria del embarazo”. Son sólo dos de las fórmulas eufemísticas que miembros del gobierno Zapatero han utilizado para referirse a dos asuntos, la eutanasia y el aborto, que han pretendido situar como temas centrales del debate político nacional.

No se sabe si lo han hecho para distraer la atención de los ciudadanos preocupados e irritados por su negación –inicial- y vacilante gestión –posterior- de la crisis económica, para dar continuación a su ya conocida, y efectiva en términos electorales, estrategia para dividir y enfrentar a los españoles, centrada en forzar una transmutación encubierta del proyecto común, refrendado por la ciudadanía, que es la Constitución de 1978, o para satisfacer ambos propósitos simultáneamente.

Cualesquiera que sean los fines perseguidos, lo que sí permiten constatar las circunstancias y modo elegidos para lanzar al público el mensaje son el oportunismo, la cobardía y la irresponsabilidad con los que el gobierno aborda realidades tan complejas y dramáticas. Realidades que exhibe parcialmente u oculta a conveniencia, lo que revela la consciencia que de lo grave o doloroso tiene el actual gobierno.

Dichoso consenso

Septiembre 24, 2008 by bitacoraelobservador

“Dichoso”, escribo. Y no adjetivo al tuntún. Pues es éste el término que mejor expresa, creo, lo que el consenso significa. ¿Cómo se ha de interpretar? Como se quiera. El lector elige. Yo propongo alternativas, atendiendo al DRAE. 1ª (más aséptica y literal): Feliz, venturoso. 2ª (trufada de ironía): Desventurado, malhadado. 3ª (coloquial -¿acaso las anteriores no lo son también?-): Que causa enfado, molesto. Y 4ª (la que, en mi opinión, se acerca más a la realidad completa, y no parcial, del consenso): Todas las anteriores, la entera complejidad polisémica de la palabra. ¿Contradictorio? Cierto, sus significados (los del adjetivo “dichoso”) lo son. También en este caso, cuando es antepuesto al sustantivo “consenso”. Contradictorios, sí, pero también ciertos todos ellos, en el ámbito de las palabras y las ideas y en el de los hechos y las realidades.

El consenso no es en sí mismo algo bueno o malo. El alcanzarlo puede ser, en ocasiones, algo muy positivo y beneficioso para una sociedad o para la democracia, pero, en otras, puede llegar a ser extremadamente lesivo, e incluso letal.

En los últimos 30 años, el consenso ha sido una herramienta esencial en la resolución de algunos de los muchos y graves problemas que han aquejado a nuestro país, un instrumento fundamental durante el proceso de transición a la democracia y en la construcción de nuestra propia Democracia a partir del mencionado proceso y del Texto Constitucional consensuado por los partidos y refrendado por los ciudadanos.

Pero, si bien es cierto esto, no lo es menos que, con el consenso como coartada, se han perpetrado -desde entonces y hasta ahora- no pocos abusos; del mismo modo que es cierto que, como resultado de algunas de las cesiones que se realizaron para lograr el máximo consenso posible en tan delicadas circunstancias (con el objeto de allanar el camino a la ansiada democracia), hoy padecemos las ¿imprevistas? consecuencias de según qué cesiones a según qué pretensiones de ciertos partidos políticos.

Cesiones, éstas, que se materializaron, por ejemplo, en los privilegios fiscales que se concedieron a ciertas regiones, o en la pretendida e interesada mala interpretación y desarrollo del Estado de la Autonomías. Asuntos ambos que, para aún mayor escarnio, atentan directamente contra algunos de los valores supremos del ordenamiento jurídico que se propugnan en la Constitución Española. Tal es el caso de la igualdad.

Esa política de cesiones, ese dañino consenso, ha desembocado, también, en la irresponsable transferencia de una importante parte de las competencias del Estado a las Comunidades Autónomas en el ámbito, por ejemplo, de la educación, lo que ha contribuido, en algunos casos, sí, a acercar la administración a los ciudadanos y a eliminar burocracia; pero que en otros casos, en los que los nacionalistas son lo que gestionan esas competencias, no han favorecido a otra cosa más que a promover la desigualdad y la aversión hacia aquellos que no forman parte de la tribu, esto es, a impartir la intolerante doctrina nacionalista, a sumergir al que se deje en el fondo de ese mar de prejuicios y a excluir al rebelde.

Son, estos, ejemplos de los perniciosos influjos del consenso sobre nuestra Democracia. Empero también he apuntado algunos de sus efectos benéficos, decisivos para la consecución de proyectos políticos de enorme envergadura como el de la Transición. Y es que es ésa la realidad del consenso. Una realidad ambivalente. Una realidad que nos muestra que éste, en contra de lo que publicitan algunos de nuestros políticos, no siempre nos conduce por el buen camino, aunque tampoco por el malo.

Dylan y la fidelidad al ser

Julio 18, 2008 by bitacoraelobservador

Jóvenes de ayer y de hoy. La generación del vinilo y la del emepetrés. Hijos, padres y hasta abuelos y nietos. Rorros aún en carrito que rechazaban el potito nocturno porque su hambre se resistía a ser saciada por algo distinto a una ración de buena música. Personas en silla de ruedas y con muletas, que sortearon obstáculos, si los hubo, para disfrutar del espectáculo. Borrachos sin alcohol ebrios de buena música, y alguno que otro achispado por algo más que un sorbo, trago o “trinque” de buena música (¿acaso embriagado por la emoción del acontecimiento?). Fumadores de tabaco y otras “hierbas”. Jerarcas, poderosos de la Región, y parte de esa Extremadura que no se resigna, que ejerce dignamente su derecho al pataleo, y que esperaba a las puertas del coso emeritense para recoger firmas contra la Refinería. En fin: un auténtico gazpacho generacional, una ensalada de estilos estéticos antitéticos, una multitudinaria convivencia de gente con concepciones de la vida moderada o radicalmente diferentes que compartían un gusto común por la música de Bob Dylan.

Dylan, su poesía, su música, sus canciones. Ése era el lazo que abrazaba, si no a la totalidad de los allí congregados, sí a una amplísima mayoría del heterogéneo conjunto.

Pasaban unos minutos –pocos- de las nueve de la noche cuando, caminando sobre el albero, apareció aquel al que todos esperábamos. Vestía un traje negro rematado por una hilera de diminutas lentejuelas que perfilaban su leve silueta, coronada por un sombrero blanco. Subió al escenario. Se colocó frente al órgano y de perfil al público. Y comenzó a tocar y a cantar, a dar su concierto, a ofrecerse a su público. Encadenó canción tras canción sin apenas detenerse para hacer pausas entre ellas. Alternó temas de sus últimos álbumes con alguno de sus clásicos remozados. No tocó muchos de sus temas más populares, quizá por hartazgo, quizá por lo inasequible de la labor de selección de unos pocos temas de entre tantos tan apreciados y exitosos. Hizo como que se iba, pero ni siquiera bajó del escenario, y, tras la ovación del público, regresó a su lugar, frente al órgano y de perfil al público, para regalarnos unas pocas canciones más, concluyendo cuando ya se contaban casi dos horas de concierto. Se aproximó al borde del escenario y el graderío estalló al grito de “¡Torero, torero!”. Meció sus brazos, en lo que se percibió como gesto de gratitud. Fue nombrando, uno a uno, a los integrantes de su banda, para que no marcharan sin el aplauso que el público les dispensó y que, sin duda, merecían. Bajó las escaleras, e igual que llegó, caminando sobre el albero, se fue.

Lo que en la plaza aparentó ser un sentimiento compartido de satisfacción; a la salida de ésta parecía no concitar la unanimidad que en el interior, y unos instantes antes, se había proyectado. No mucho tiempo después, las ediciones digitales de los diarios regionales recogían crónicas, vídeos y diversas informaciones acerca del evento, y los lectores, aprovechando las oportunidades que Internet da para ello, opinaban, confirmando las divergencias que, recién concluido el concierto, ya se habían manifestado.

Las opiniones volcadas en la web translucían dos estados de ánimo contrapuestos: decepción y satisfacción. “Los satisfechos” gozaban aún con el recuerdo de lo presenciado, y así lo plasmaban en sus comentarios. Y “los decepcionados” justificaban su desencanto aludiendo a aquello que más había contribuido a quebrar su ilusión, y, en ese sentido, se referían, fundamentalmente, a la quietud y frialdad de Dylan sobre el escenario, a sus pocas alusiones al público y a la omisión o reinvención de algunos de sus clásicos.

Las sensaciones, las emociones, son individuales, propias de un sujeto e intransferibles. Nadie debería erigirse en juez de ellas, porque son y han de ser de quien las siente o padece. Aún menos comprensible sería que se intentara, escondiéndose bajo el disfraz del “sentir colectivo”, manipularlas o sustituirlas por otras impuestas.

Si bien es cierto esto, no lo es menos que cuando a partir de esas sensaciones o emociones se construyen argumentos críticos o elogiosos, estos sí pueden ser ya objeto de análisis y/o discusión. Éste es el caso.

Hablaba antes de “los decepcionados” y de algunos de los detalles y las generalidades del concierto que criticaban abiertamente, y es ahí, en parte de esa crítica, en la que, en mi opinión, erraban, quizá por haberse creado unas expectativas falsas acerca de lo que allí se iba a ver y escuchar. Criticaban, fundamentalmente, la frialdad y quietud de Dylan sobre el escenario, y parte del repertorio o cómo se había interpretado. Críticas que, desde mi punto de vista, son, como mínimo, injustas. Injustas porque no se puede pretender calidez y cercanía del que no se expresa habitualmente de ese modo. Injustas porque el artista ha de actuar desde su verdad, desde lo que siente, desde lo que es, siendo auténtico. Injustas porque no se puede exigir al artista que se rinda a las modas, porque el artista que crece al calor de las modas desaparece tan pronto como esa efímera llama se apaga. Injustas porque no podemos exigir a un artista que nos mienta y se mienta, que se niegue a sí mismo, para complacernos. Injustas porque al despojar al artista de su individualidad, de su ser, se le arrebataría lo más preciado que tiene y se le destruiría, y no sólo como artista.

En su concierto de Mérida, Dylan fue fiel a su ser: antepuso el hombre al artista y, así, nos mostró al artista en todo su esplendor; fue austero en el gesto y poco hablador, generoso en el tiempo, frío y distante -si se quiere- o tímido y respetuoso –si se prefiere… Se podría decir que Dylan fue muchas cosas, pero, en realidad, se limitó a ser sólo una: Dylan fue Dylan.